LEÍDO: “Canciones para el día de después” de Antonio Aguilar Rodríguez


   El divorcio bien puede ser una sima en la que un marido no encuentre manera de luchar con su cuerpo por frenar la caída. Con este silbido de duelo nos da la bienvenida Antonio Aguilar:

Se levantó y apenas hizo ruido.
Arrastró su maleta hasta la puerta.
Un tropel de caballos negros cercenó
la luz de la mañana.

   Esa imagen cegadora irá progresando como estribillo a lo largo de este cancionero en sus diferentes fases psicológicas: conmoción, negación, caos emocional, aceptación intelectual, recuperación, y creo que se recobra la mejor manera de expresar de este autor en cuanto a libro completo. Me gusta leer poemarios en los que no sienta la necesidad de haber prescindido de alguno de sus textos, y este es uno de ellos.




   Aguilar desea escalar hasta la superficie y, si es posible, elevarse otra vez. Pide ayuda a cuatro cirujanas del espíritu: Anne Carson, Margaret Atwood, Kathleen Raine e Isla Correyero, hasta asimilar, con necesaria distancia, reposo y análisis, una nueva forma de amar, un nuevo entendimiento.

¿Por qué ahora volver sobre estas cosas?
¿A quién complace esta canción de párvulos?
¿Este poema, por ejemplo,
por qué escribirlo?
¿Por qué abrir la pequeña caja de tormentas?
¿Quién la mira?
¿Qué entomólogo fija sobre el corcho blanco
las dimensiones del insecto?
¿Qué interés?
¿Quién necesita sobre el tacto amar
la cicatriz, sentir que ya eras otro,
fuerte y bello como un insecto acrisolado?

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