LEÍDO: "Dondequiera que vague el día" de Ada Soriano


   «La manzana está ahí, / desnuda en su rama». Aún puede la lectura silenciosa de poesía provocar erecciones o inflar el clítoris con un lenguaje dotado de hermosura, transportarse a una pasión embriagadora que no claudica:

Así,
      recostada,
soy parte de una exposición
que brota de la tierra.
      Surcos,
grietas fecundadas
con punta de lanza,
dardo que abrasa.
Así,
      tendida,
soy miembro de una hermandad.
No somos tan diferentes.
También yo soy tallo,
cáliz,
       caro perfume.




   El ímpetu, el vahído y el letargo arrollan con un soplo geológico y astral, cada vez más sensible, más henchido, más al límite propio del erotismo real.
   Tampoco se trata de llegar a leer Dondequiera que vague el día con una sola mano, sino de gozar con la exquisita barbarie que exhibe en este libro Ada Soriano:

A lo lejos,
dos ciervos se encaran,
entablan un combate
sin cotas de malla ni escudos.
Estaban previstas las armas
en el proceso de crecimiento.
Las flores que nacen de las rocas
se mecen al compás de las nalgas
de una cierva,
seducen con su movimiento
de brisa matinal.
Hay en ellas un toque de distinción.

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