LEÍDO: “Dónde está la heroína” de Tomás Carrión Vidal


   A mediados de los pasados años noventa, cuando la escena socio-musical ya se dividía entre la antiglobalización grunge y el primitivismo filosófico de las raves, un locutor de radio me dijo una verdad con coña, de las que dan en el clavo: «Si te das cuenta, en cada pueblo de España o en cada barrio hay todavía un punki que se llama Juan, Juan El Punki».
   El autor de Dónde está la heroína se llama Tomás, pero cumple a rajatabla esa regla inventada por la fantasía del locutor. Un poeta punk es prácticamente un superviviente de un holocausto zombie. La nada sobre la nada. Por asesinar, ya fueron asesinados hasta los asesinos del rock and roll: «ella en el desierto, / y yo muerto entre nieves».


   Grita Tomás Carrión en su verso: «Nunca voy al cementerio / porque no soy un gilipollas». Al tiempo, escuchamos una pala metálica con referentes y vínculos geográficos e ideológicos: «Quiero desenterrarte como Miguel / a Ramón Sijé».
   El punk se contradice entre la lucha y el vicio, cree avanzar bajo tierra, tosiendo entre la frustración social, el trauma individual y familiar, cantando el gozo de la autodestrucción un domingo amargo por la mañana, liando mal un cigarrillo como único desayuno tras las persianas bajadas y asomándose con verdadera angustia al abismo de la civilización.
   Poemas intitulados cercanos al exceso, al delirio. Poemas enfadados, que farfullan y rugen. Poemas también de Amor, el que sostiene un arma en la mano y pronuncia un encargo: matar no a un dios, sino a tres, para seguir palpando la locura de la pureza.
   —¿Dónde está la heroína?
   —¿Y tú me lo preguntas?

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